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domingo, 29 de noviembre de 2015

El Predicatroll

Domingo por la mañana en el metro, la gente de la ciudad de México sabe que los vagones son plataformas de venta y predicación. Sube un vendedor, sube un evangelista para presumir su fe e invitar al respetable a irse al infierno por idólatra.

En esta ocasión sube al vagón taciturno un anciano, el tren arranca de la estación, mira con rostro de circunstancia adelante y atrás, cierra los ojos como rememorando, los pasajeros hacen gesto de resignación ante la inminente perorata. ¡Es muy temprano para andar recordando nuestros pecados y arrepentirnos!, además es domingo. Todos le desvían la mirada y vuelven hacia el compañero de viaje o hacia algunas de las múltiples pantallas de desconexión. Algunos otros leen el periódico.

El anciano heraldo limpia su garganta para comenzar a hablar de las cosas de Dios diciendo:

- ¡Hoy en el mundo están pasando cosas muy terribles!, cada mañana vemos nuevas noticias de muerte y destrucción. Hay gente que dice creer en Dios, pero yo soy un viejo tan culero que no hago eso. El culero y miserable soy yo, por eso no me acerco a Dios. Esa gente tan pendeja que cree en Dios. Me rio de ellos.

Diciendo las últimas palabras de ese sermón, el metro llega a la siguiente estación. La gente ahora lo mira con extrañeza y, en algunos casos hasta con empatía, pero sin duda con sorpresa por escuchar de él tan breve y condunte sermón. ¡Todo un modelo de homilética!

El anciano acercándose a la puerta sale de prisa del vagón con la sonrisa que solo se obtiene cuando se sabe que se ha dejado muy confundida a la gente LOL!

martes, 25 de marzo de 2014

Ritual homoerótico en el metro: Rogamos a Baal por la cosecha

Esto ocurrió en otoño pasado, y a partir de ahora podremos gozar de los efectos de este ritual de la cosecha que garantizará jugosos frutos.

Cinco chavos en la estación San Lázaro arman bronca a dos cuasi hipster (o sea se vestían como hispter, pero uno nunca es suficientemente hipster).

- ¡Si tú no hueles a rosas! - le dice el chavo a uno de ellos
- ¿Pus qué?

A continuación sus ojos cruzan profundas miradas incitándose a la carnalidad, como en aquellos cultos cananeos de la cosecha, donde hombres se batían con otros hombres en profundos abrazos y éxtasis religioso, sus fluídos que regaban el suelo lo nutrían para robustecer las semillas.

Empieza el embate de golpes directos pero fallidos, llaves de cuello y un baile de abeja (que tuve que repeler en varias ocasiones aplastando la revista recien adquirida), anunciando el clamor por fertilidad a Baal, quien compasivo miraba desde sus cielos serenos a estos comprometidos adoradores.

El otro cuasi-hipster intenta agarrar a su amigo y los otros cuatro chavos, incluída una chava, intentan contener al otro que ya había destrozado los grandes lentes y desabrochado sensualmente los botones de la camisa del provocado, pérdidas necesarias en beneficio de la simiente. Pelo en pecho rogando el favor divino, los cuasi hipster derramaban gotas de sudor que caían al suelo del vagón inundando de nutricia energía y abundante fertilidad los rieles.

Posteriormente los presentes, considerando que el rito se había consumado, decidieron bajar las palancas de emergencia y solicitar la intervención de la autoridad.

Todos terminaron fuera del vagón, rodeando a un policia, sacerdote que regula estos rituales y que al momento de alejarse el tren, seguramente agradecía a los participantes su dadivosa ofrenda de golpes carnales en beneficio de la abundancia en la próxima siega.

sábado, 1 de marzo de 2014

Relatos del Metro: Emprendimiento frustrado

En una estación, al norte de la ciudad, subió un hombre con su hijo, su atuendo revela un nivel socioeconómico medio alto. Él llevaba una caja que colocó en el suelo, mientras su hijo buscaba colocarse el suéter sin agarrarse del tubo, al tiempo que el tren comenzaba a moverse.

- ¡Hijo - regañó con rigor el hombre, usando esa pedagogía progresista a base de argumentos que pretende no ser autoritaria - a nadie se le ocurriría ponerse el suéter mientras el metro avanza!

El niño desistió, y una vez más, la posibilidad de hacer algo que a nadie más se le ocurriría hacer, fue cortada desde la infancia.