domingo, 8 de octubre de 2017

No me interesa edificarte

La sanguijuela tiene dos hijas, que dicen: ¡Dame! ¡Dame! (...)
- Proverbios 30:15

Creyentes "millennials"

En Latinoamérica las iglesias evangélicas/protestantes comenzaron a posicionarse en los sectores industriales pues las primeras relaciones que tuvo el continente con creyentes provenientes de las tradiciones derivadas de la Reforma del siglo XVI, fueron comerciales y empresariales, con joyeros luteranos, ferrocarrileros metodistas, médicos presbiterianos, profesores bautistas, entre otros [1].

Para el siglo XX las variantes pentecostales fueron atrayendo a la Base de la Pirámide o clases bajas mediante discursos de superación social: don de lenguas en lugar de alfabetización, sanidad en lugar de seguridad social, don de profecía en lugar de orientación vocacional y de vida [2]. Mientras tanto, las versiones magisteriales del protestantismo se colocaban ilustradas y orgullosas en las clases medias, promoviendo la educación, la cultura, el american way of life como forma de diferenciación ética [3] al más puro estilo de Max Weber, para quien los protestantes se caracterizan por el trabajo, la frugalidad y el ahorro como forma de agradar a la divinidad y confirmar la seguridad de su salvación (certitudo salutis[4]

La emergencia de las teologías de la prosperidad, que por más que se les estigmatice como "neopentecostales" tienen orígen en el protestantismo histórico, incluyendo la ideología del ahora declarado presbiteriano Donald Trump, pero quien comenzó como metodista, avanzaron también sobre discursos de éxito, superación y diferenciación. Trump fue aleccionado por su pastor Norman Vincent Peale quien prodigaba la filosofía de "El poder del pensamiento positivo" (1952).  

De este modo, y acorde con los procesos ideológicos que sustentan la política económica del capitalismo tardío, las iglesias evangélicas/protestantes utilizan hasta la fecha, como principal argumento de convencimiento la superación personal, o dicho en términos eclesiásticos, la "edificación". 

Las siguientes frases son comunes los domingos al terminar el culto: 

"El sermón de hoy no fue edificante". 
"Pastor, ¡su mensaje me ministró".
"Esta alabanza siempre me edifica". 
"Vengo al culto para ser restaurado por Dios".
"Desde que ya no me da gozo la Escuela Dominical, no asisto". 



Estas y expresiones semejantes se evocan por creyentes/clientes que esperan recibir una transformación subjetiva de carácter inmediato al asistir al culto, orar, leer la Biblia o cualquier otro acto de disciplina espiritual. Hoy la queja es de que los jóvenes que tienen entre 18 y 36 años, llamados Millennials, solo buscan el hedonismo y la inmediatez. Pues bien, los creyentes evangélicos llevan décadas siendo "millennials espirituales" al estar obsesionados por la edificación en cada culto y actividad religiosa (que para ellos ni es "religiosa", sino "vital", "relación con Dios"...). 

La felicidad como fin 

Hoy en día existen rankings de felicidad, así es, coeficientes que determinan qué tan feliz es una persona, una organización y hasta un país. Estar triste e inconforme es el pecado capitalista por excelencia. Se señala que esta nueva felicidad es más bien una forma de bienestar, porque incluye factores sociales, de salud y seguridad, pero el uso de la palabra "felicidad" para englobar estos rubros no es inocente, pues lo que se trata de mostrar es que la situación social que se vive puede adecuarse en términos de un estado anímico que debe normalizarse como autoritativo. Si eres suizo, por ejemplo, parecería estúpido que te sintieras desdichado. Si tu país es el número 13 en el ranking de felicidad, no debes estarte quejando, no estás tan mal. Así, una evaluación estándar heterónoma pretende decidir sobre la situación del sujeto. 

Esta obsesión actual por la felicidad tiene su correlato teológico en las iglesias evangélicas que, a toda costa, buscan producir creyentes satisfechos o edificados. Se trata de una cadena de complicidad que, de hecho, funciona muy bien como estrategia de "engagement" o compromiso/lealtad del consumidor con una marca, o bien, de un creyente con su templo. La iglesia se presenta como una proveedora de satisfacción espiritual, los creyentes asumen que eso es su iglesia, y sobre esa mutua ilusión ambas partes buscan siempre más una de la otra: tiempo, diezmo, liderazgo, de parte de la iglesia; buen culto, mensajes ad hoc, eventos y "acompañamiento" por parte del feligrés. 


La paradoja de la edificación: humillación y paternalismo 

No soy yo quién para meterme en relaciones ajenas, pero desde la perspectiva teológica no puedo dejar de notar que este imperio de la edificación de ideología capitalista-productiva llega a desorientar a las iglesias sobre perspectivas más amplias: de carácter comunitario, de asistencia y apoyo a sectores no-edificados y que, de hecho, no quieren serlo. Y más aún, esta ideología de la edificación tiene resultados contradictorios, pues en lugar de empoderar al sujeto termina por denigrarlo. 

¿Cómo mantener la promesa (claim) de edificación a largo plazo?, ¿cómo mantener la lealtad de un creyente por más de diez años si cada domingo debe edificárseles más y más?, o como canta Marcos Vidal, ¿cómo hablar de nueva vida en Jesús, si están llenos de vida, de fuerza y de salud?. También los intelectuales orgánicos del evangelicalismo hispano como el pro-creacionista Antonio Cruz subtituló su famoso libro sobre "Posmodernidad" como "El Evangelio ante el desafío del bienestar".


¿Quién irá?, Marcos Vidal. Album "Nada especial", 1994


Como el novio que desea que su pareja se sienta con baja autoestima, miserable, fea, y con poco valor con la finalidad de siempre tenerla sujeta a su voluntad, así muchas iglesias evangélicas, bajo el argumento de la edificación, maltratan psicológicamente a su feligresía para hacerles ver que aún no están lo suficientemente edificadas, que deben mostrar más lealtad y compromiso para alcanzarla y no "caer en manos del enemigo". 

El principal temor de muchas iglesias evangélicas es que los creyentes sean demasiado felices o la pasen demasiado bien, pues entonces se alejarán de sus filas por irse con el mundo, tras el placer y la diversión, en lugar de la contricción, aburrimiento y quebrantamiento que los mantiene fieles y buscando el tipo de edificación que el mundo no da. 

Este es un proceso muy conocido en ciencias sociales. Pierre Bourdieu le llamaba habitus [5] que es un pensamiento y comportamiento de clase asumido como normativo, o bien, dicho en términos más coloquiales cuando el deseo se vuelve obligatorio. La felicidad y la edificación, que debiera ser algo que el sujeto anhele y obtenga autónomamente, se convierte en una obligación que solo se puede acometer consumiendo los bienes simbólicos y materiales que prodigan los productores de este bienestar: gobiernos, marcas o, en este caso, iglesias. 

Mi teología no es para tu edificación 

Cada persona debe lograr asumir una conciencia-de-sí que le permita tomar las riendas de su propia vida. "Ten el valor de usar tu propia razón" decía Kant, los creyentes deben tener el valor de usar su propia fe. Cada quien debe elegir, obtener y utilizar las mercancías, discursos, estados anímicos que les satisfagan, edifiquen y hagan felices. Tampoco soy ingenuo, pues la felicidad y la edificación sí que dependen de cuestiones materiales, de hecho algunas son tan necesarias (como el agua, el salario digno, la inclusión social) que se debe salir a las calles en movilizaciones colectivas para exigirlas. 

Pero un sermón, una clase de Escuela Dominical, un boletín, o toda reflexión teológica no debieran tener por norte la búsqueda de la edificación de las personas. En primer lugar, porque a menos que se esté en una situación de franca manipulación, no se puede saber con exactitud qué edificará o no a alguien, y en segundo lugar, porque hay muchas cosas en teología que sencillamente no son edificantes. 

Las denuncias de casos de pederastia por parte no solo de clérigos católicos, sino también por pastores y ministros evangélicos, concientizar sobre la discriminación sexual y de género que hoy la mayoría de las iglesias siguen promoviendo solapadas por discursos pseudo-teológicos literalistas, el llamado a la inconformidad social para denunicar proféticamente el racismo, las malas condiciones laborales, los engaños políticos, no son edificantes, dan coraje, crean polémica, son difíciles de tratar. Pero bajo la ideología de la edificación, el solo buscar sentirse bien en el culto, se invisibiliza estos temas, y a las personas que padecen por ellos. 

Particularmente esta blog no busca tu edificación ni que te sientas bien en cada entrada, tampoco es de mi interés "edificar la fe" en cada sermón, estudio o conferencia eclesiástica que doy. En muchos sentidos lo que hoy hace falta no es edificar la fe, sino deconstruirla, no es fomentar la credulidad, sino impulsar la duda y la inconformidad. El Evangelio (valiéndome de esta metonomia que funciona como entelequia) ha de avanzar sobre la desestructuración, haciendose desde los escombros de la existencia material y espiritual, no edificando, sino derribando, re-construyendo, trabajando colectivamente para buscar sí un mundo mejor, pero no un mundo ilusorio donde un "Coeficiente de Felicidad" o un "calor en el pecho mientras cantaba" nos hagan pensar que ya entramos al Reino de Dios, cuando se trata de seguir luchando por él. 


REFERENCIAS

[1] BASTIAN, Jean-Pierre, Protestantismos y modernidad latinoamericana. Historia de unas minorías religiosas activas en América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.

[2] GARMA Navarro, Carlos, Buscando el Espíritu. Pentecostalismo en Iztapalapa y la ciudad de México, Plaza y Valdéz/UAM-I, México, 2004. 

[3] MONDRAGÓN, Carlos, Leudar la masa : el pensamiento social de los protestantes en América Latina, 1920-1950, Buenos Aires, Kairós, 2005.

[4] WEBER, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, México, La Red de Jonás, 7ª. Ed., 1988. 

[5] BOURDIEU, Pierre, La distinción. Criterios y bases sociales del buen gusto, Taurus, Madrid, 1979.


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